sábado, 28 de abril de 2018

UNA MAÑANA (Versos furtivos, besos derramados) #CazandoMusas

El sol entra furtivamente por la ventana de mi habitación, extendiendo sus brazos largos de luz para tocar todo, yendo por mis cosas sobre el mueble, tocando la puerta, el piso; el sol me hace despertar entre el cantar de aves que salieron un momento de la selva para irse al jardín y arrebatarle yerba, palitos; irse, regresar en un trinar majestuoso recordándome que estás ahí, a mi lado. Mi gato maúlla al escucharme despierto, pidiendo comer, clamando en cada maullido un “Hey, ya estás despierto, ven, dame de comer”. Lo escucho hacer guarda en la puerta de mi habitación, suspiro, giro mi cabeza a la izquierda y logro observarte dormir plácidamente, llenando tu pecho de aire, dejándolo libre, un ciclo hermoso de ti que me tiene cautivado. Observé el plafón plagado por los brazos del sol, regresar a ti, contemplarte, acariciar tu larga cabellera y pienso en los poemas que no se han escrito y que se guardan ahí, en el perfume de tu cabello. Algún día saldrán de mi mano, volarán… me digo en silencio. Respiro hondamente, siento la vida fluir en mí; te observo en la mañana, sin maquillaje, dormida, vuelvo a suspirar y poso mis ojos sobre toda tu figura que yace a un lado mío, momento de total calma que juro a los cielos puedo escuchar la leve caricia de mis rosas blancas abrir ante la humedad del ambiente de esta mañana. Pienso en el adiós, pienso en lo que no se dirá, en aquello que se guarda en un silencio, pienso en decirte hola, en tomar mi mano con tu mano, escuchar como dices mi nombre cuando no estoy ahí; suspiro, hondamente suspiro, y vienen a mí canciones que nunca había entendido, sintiendo el rasgar de esos acordes lacerando cálidamente mi piel, tatuándome lo que esas melodías han querido explicar, mensajes ocultos descifrados ahora que te observo dormir. Te mueves, ya el sol comienza a jugar con tus cabellos; mis ojos se dirigen hacia el frasco de cristal que tengo abierto en la ventana, voy por él, lo cierro y me siento a tu lado para estar presente en tu despertar; te mueves levemente, me acerco a tu mejilla, besarla. Buenos días… te dijo en un leve suspiro. Abres un poco los ojos para volverlos a cerrar, sonreír. Cuidé de tus sueños —digo—… ya están en el frasco, espanté una pesadilla que quería ser soñada, no lo permití. Sonríes, vuelvo a besar tu mejilla. ¿Quieres desayunar? A lo cual me respondes que lo que yo desee está bien; te sonrío; tomo tu mano para besarla, mirarte fijamente, me miras pero ocultas tu mirada sonrojada. ¿Qué? Preguntas; suspiro, y sin quitarte la mirada recito suavemente: Ahora sé cómo es tu humor al despertar, /ahora sé que se siente respirar la vida, /ahora sé cómo suena la belleza, /ahora comprendo canciones que no entendía, /ahora sé que respiro suspirando, /ahora puedo sentir mis manos como volando, /ahora sé cómo sueñas, /ahora sé qué soy escudo, /ahora sé que puedo protegerte, incluso de mí… /ahora lo sé. Ocultas tu rostro, me vuelves a mirar para decirme: ¿Ves? Cómo puedo decir algo si dices las palabras correctas porque las tienes todas; no es justo, ¿sabes?, eres poeta. Me acercó a tu espalda, la beso, y sumergido en tu piel: Vengo a ti para encenderte una sonrisa en el rostro, me alimento de tu sonrisa. Vuelvo a besar tu espalda. A veces —me dices— quisiera decirte estas cosas como me las dices. Suspiras; se permite un silencio que nos envuelve, llamando a una ráfaga de viento nuevo a entrar por la ventana, y entre el mover de las sábanas, te digo: Hay cosas que me dices y me desarman, es como si entregara todo mi armamento sin firmar un tratado de no agresión, hasta te indico mis puntos débiles, y me siento bien, maravilloso, mejor dicho; porque estoy compartiendo fragmentos de mí, piezas que no he querido compartir con nadie, así como tú lo has hecho conmigo, y créeme, guardo todo en mi pecho —señalando mi corazón con un dedo—, además, tienes acciones para conmigo que me invitan  a seguir conociéndote, muy a pesar de todo lo que… Me interrumpes con una frase contundente: No sabes mucho de mí. A lo cual dije: Sé lo suficiente (tal vez poco) para decidir que quiero seguir conociéndote, sea lo que sea que vaya a descubrir de ti; lo sabré cuando haya llegado ese momento. Dudabas, y levemente sumerges tu rostro en la almohada. ¿Qué pasa? Te pregunto. Nada —respondes— sólo que, que… esto es bárbaro. Una sonrisa tuya como puntos suspensivos de mi discurso, vuelvo a besar tu mejilla, quitar un poco de tu cabello para llegar a tu cuello y buscar tus labios para un tierno beso. ¿Por qué? Dices. Porque —respondí— preguntas si he comido, por si he cenado, por mi salud, porque recuerdas lo que he conversado contigo. Un silencio más, pero esta vez se notaba suave y dulce el ambiente. ¿Sabes qué me gustó que hicieras? —Decías—. Que me preguntaras “¿Cómo has estado?”, no cualquiera lo hace. El sol ya tenía inundada mi habitación, después varias palabras en el momento, convenciéndonos de que el mañana es ahora, de algunas risas, algunas bromas con una ronda de preguntas y respuestas que fueron abrazando el instante con unas horas sueltas de preocupaciones, de angustias, de pasado, sentimientos guardados en un cajón debajo de la cama.
Nos vestimos, preparé desayuno: Omelette con jamón de pavo bañado con una salsa de tomate y orégano, un poco de jugo de naranja y para mí un café. Ella no toma café, me lo dijo y lo recuerdo. Nos subimos al automóvil, abriéndole la puerta y tomando su mano; me pidió llevarla a su casa para bañarse y por ropa limpia. Le pregunté cuando estaba secando su larga cabellera si quería la llevara al trabajo, pensó un poco mi oferta, y aceptó. Salimos, ella comenzó a elegir una canción del reproductor después de jugar con las estaciones de radio. En cada semáforo en rojo le observaba para que luego me reclamara que porque la observo tanto, a lo cual respondí: Porque te ves hermosa de tu mirada…
—Te pasas… —dijo, sonrió.
Llegando, detuve el automóvil, y un momento incomodo se hacía presente estando ahí los dos, sentados, con el cinturón de seguridad puesto, con Just like honey de música de fondo… Su mirada enmarcó la pregunta que me entregó: ¿y ahora cómo nos despedimos?
—Qué te parece si nos despedimos con un “Quíhubole, mano, nos vemos” y luego nos damos la mano.
Ella sonrío…
La primera vez que fui por ella al trabajo, tuvimos un momento así de extraño, porque no sabíamos mucho del otro, y no se sabía lo suficiente para abrazarnos con un beso, o un fuerte apretón de manos, o un beso en la mejilla; y fue ella quien dijo: “Quíhubole, mano…”, lo cual provoco una enorme sonrisa en mí, y eso aligeró todo, desde ese momento todo se aligero ni siquiera Parménides lo hubiera contemplado en el trayecto a dejar la pesadez.
—¡Quíhubole, pues! —Dijo, sonrío; y abrió la puerta.
Se detuvo un instante, pensó algo, algo fugaz, y regreso a mirarme; me hizo una seña con el dedo para que me acercara. Extrañado, acerqué mi rostro para escuchar un secreto, pero ella tomó mi mejilla con su mano y me besó los labios.
Estaba sonrojado, como adolescente, sonreí. —¿Te veo para comer? —Dije.
—Sí…  
—Vendré por ti. Avísame, estaré atento en el teléfono.
Me guiño el ojo, y cerró la puerta del automóvil.
Eché andar, en todo el trayecto a mi destino comencé a mastica la idea de un poema, como si algo estuviera dando vueltas y vueltas en mi cabeza, era ella, su mirada, girando en mis pensamientos que se tornaban cada vez más en materia, como si comenzaran a tomar substancia propia y logré observar sus manos… me estacioné de inmediato, tomé papel y lápiz de la parte de atrás,  comencé a escribir:


Estoy aquí,
 no soltaré tu mano
 porque tu mano
 viene con mi mano
 aunque no estés aquí,
yo te protegeré,
 estoy aquí para cuidarte,
 cuidar tus sueños,
 cuidar tus pasos,
 cuidarte de mí
porque también me cuidas,
 estoy aquí
 para no soltar tu mano
 porque tu mano
 es vida, es puerta, es la llave...
Estoy aquí,
 observándote,
 capturándote en cada imagen
 que mis ojos tienen de ti,
 resguardándola
 con cada parte que voy conociéndote.
Estoy aquí,
 aquí para ti
 para no soltar tu mano,
  para estar ahí, siempre,
  aunque no me veas
  mi mano siempre está ahí.



Suspiré, y tomé el teléfono para hablar con mi editor.
Hey, —le dije— ¿qué crees? Tengo la idea para un nuevo libro. ¿De qué trata? Llegando te cuento. Sólo te puedo adelantar que se llamará AMOROSOS AMANTES…



RELATO: Una mañana
AUTOR: Luis Antonio González Silva
LIBRO: Versos furtivos, besos derramados
 #CazandoMusas 
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