domingo, 6 de mayo de 2018

LOS MONSTRUOS TAMBIÉN SE ENAMORAN…

LOS MONSTRUOS TAMBIÉN SE ENAMORAN…

I


Una vez escribí
en las paredes del viento
el mensaje
donde nos encontraríamos
frente a frente,
historia con historia,
baldosas de recuerdos
que hemos transitado sin el otro
pero coincidiendo a tiempo
en la plazoleta imaginaria
del mismo encuentro no pactado
donde nos miraríamos sin usar los ojos,
contemplando quienes somos
ante los cuatro ojos del amor
que nos observa furtivamente,
escondido, entre sombras
y papeles, propaganda callejera y periódicos;
paseando por las calles,
en la senda del tiempo,
con pasos lentos, desencajados,
a veces con dolor,
con dolor, con dolor...

Encontrarnos
y tenernos frente a frente,
saber que nos observamos...
tragar saliva,
dejar que los nervios sigan
permitirnos sentir;
mentirnos sobre nuestros defectos,
esconder un poco nuestros temores,
guardar el silencio necesario
sobre nuestro pasado...

saber que los monstruos también se enamoran.



II


No tienes idea
de todo el valor que reuní
para sonreírte,
las manos se me inquietaron,
las palabras estaban agolpadas
debajo de la lengua,
temiendo un rechazo;

sentí que moriría,
el corazón me gritaba
que lo hiciera
pero mis defectos,
que sentí devalados ante ti,
me llenaron los zapatos
de piedritas para no ir,
para quedarme ahí...

No sabes todo el valor
que reuní en mis manos
para lograr sonreírte
y vieras en mí
que no sólo soy un monstruo.



III


No sé en qué momento
comencé a observar tu fotografía
y sentí en mis ojos
una mirada de idiota,
suspirando como cuento de hadas,
soñando, imaginando locuras...

No sé en qué momento
comencé a extrañarte,
buscar debajo de los papelitos
donde escribí de ti sin que supieras,
excusas para decirte hola,
para que me respondieras.

No sé en qué momento
entendí esas canciones,
miré por la ventana
sintiendo el viento de otra manera;
comencé a quererte sin querer.

No sé en qué momento
transgrediste mi vida
para forjar nuevas imágenes,
trasvasaste tu fotografía
a mí, a mi mundo, a mi historia.

No sé en qué momento
comencé a quererte...
pero quede claro,
comencé a quererte sin querer.



IV


Tomé la firme decisión
de volver a creer,
  quiero creer en ti;
estar ahí, sin estarlo también,
estar junto a ti...

esperé durante tanto
que olvidé las lunas
que se forjaron sobre mi ventana
esperando la señal
de encontrarte
para mostrarte todos esos papelitos
donde sólo hablaba de ti...

juro ante ese lado oscuro de la misma luna
que las manos lloraban
por no encontrarte,
escribí, escribí, escribí
sin saberte, sin tener la idea de ti...

la esperanza también lloró una vez
al tratar de consolarme
diciéndome:
     los monstruos también se enamoran.



V


Si me hubieras visto
cuando te vi,
entenderías porque te digo "te quiero";
comprenderías el latir
de este corazón
que ha sido lacerado
en su camino rumbo a esto;
tendrías en tus manos
la certeza necesaria
para saber que no miento...
pero tengo defectos,
también tengo una historia,
no sabía cómo eras
y no sabía cómo responder ante ello;
a veces lloro debajo de las sombras
cuando se me mete una película en el corazón,
habló solo, en voz alta,
me gusta el café a todas horas
y suspiro sin una razón aparente;
soy frágil, soy tímido,
aparento lo contrario
pero contigo no puedo,
lo he intentado...

Cuando te vi
supe (con nervios)
que eras tú,
no lo sé,
te sentí entre las gentes,
entre todas las palabras
y entre toda la distancia;
cuando te vi
me hubieras visto
porque así entenderías
todo lo que vi en ti,
como si esos papelitos
donde sólo escribía de esto
tomaran la forma de tu cuerpo,
de tu voz, de tu mirada...

Me hubieras visto
cuando te vi
porque sólo así
podrías mirar más allá
de este corazón que ha sido parchado,
remendado, lacerado,
sin pedazos en algunas partes,
con tatuajes de los que no me arrepiento,
con heridas viejas,
con raspones y uno que otro golpe...

Cuando te vi
me hubieras visto,
las manos se me hicieron agua
al igual que las piernas
y mis labios temblaron de emoción;
te vi ahí, sin que me vieras,
tomé todo en mí,
mi alma se abrazó a algo
para ir hasta ti...

Me hubieras visto
cuando te vi
porque tomé mi corazón
(del cual ya te he contado)
entre mis manos
y fui hasta ti
sin temor de que lo rompieras
porque sabía que si eras tú
quien daba la estocada de muerte
a este corazón no perfecto...
podría decir al final
con una sonrisa
que te encontré...
que valió la pena
poner mi corazón en tus manos
aunque lo nuestro no fuera...

Cuando te vi
me hubieras visto
para que sintieras
todo lo que te he dicho
y que no miento
cuando te regalo
un "te quiero"
porque mi corazón lacerado
ahora duerme tranquilo
entre tus manos.







Luis Antonio González Silva
#LosMonstruosTambiénSeEnamoran
#CazandoMusas #MásPoesíaPorFavor













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martes, 1 de mayo de 2018

ELLA SE LLAMA CIRSE (#CazandoMusas)

Cirse estaba sentada sobre la vereda, su mente estaba hecha un nudo; el calor se desprende del sol para llegar a su rostro, observó aves, observó a un perro vagabundo que andaba en busca de su comida dentro de las bolsas de basura de los vecinos; respiró, sólo respiró profundamente, cerró los ojos y metió su mano dentro de sus bolsillos del pantalón para sacar sus audífonos, los conectó a su teléfono, abrió el reproductor. Pensó, pensó qué escuchar, pensó tanto lo que debía reproducir para calmar a sus ángeles y a sus demonios que tenía dentro de su mente: ‘cuentas por pagar, la llamada que no llega, los mensajes que se perdieron, el dinero en su bolsillo, las monedas que se han caído, su mirada ante el espejo, una familia que le agobia con las preguntas de siempre, aquella blusa que quiere, y un sinfín más de cosas que no la dejan en paz’. Quería paz.
Volvió a suspirar, se colocó los audífonos, siempre equivocándose cuál es la R y cuál es la L; pensó en que el azar decidiría su estado de ánimo… ¡No! (pensó), ya no quiere depender de ello, sólo buscó, buscó la canción adecuada.
Se levantó. Ahí estaba ella... (“On veut faire de moi c’que j’suis pas”) caminó al ritmo que llegó a sus oídos al tener los audífonos, fue caminando, (“Mais je poursuis ma route j’me perdrai pas / C’est comme çahace”)  la vida que giraba a su alrededor fuera a su paso (“Vouloir à tout prix me changer / Et au fil du temps m’ôter ma liberté”). Bailó en cada paso, (“Hereusement, j’ai pu faire autrement / Je choisis d’être moi tout simplementsonriendo”), danzó de regreso a casa.
El sol entre las ramas de los árboles (Je suis comme ci /Et ça me va / Vous ne me changerez pas  / Je suis comme ça  / Et c’est tant pis  / Je vis sans vis-à-vis”), las aves que parecían ir cantando con ella, (“Comme ci comme ça”), que la vida cambia (“Sans interdit”), todo se desprendió de las escalas de grises y su mirada se inundó de color (“On ne m’empêchera pas  / De suivre mon chemin / Et de croire en mes mainssiente”).
Chasqueó los dedos, fue, andaba, danzó, siguió la música al tararearla, cantó, como si fuera ella viviendo en uno de esos vídeos musicales y pareciera que invocó su vida al ritmo de la música (“Ecoute, écoute-la cette petite voix / Ecoute-la bien, elle guide tes pas  / Avec elle tu peux échapper”). Saltó un charco, se sujetó de un poste de luz para ir caminando; comienzó a bailar en cada paso (“Aux rêves des autres qu’on voudrait t’imposer / Ces mots là ne mentent pas / C’est ton âme qui chante ta mélodie à toi”).
El sol tenía nuevos matices de calor, fue andando feliz (“Et ça me va / Vous ne me changerez pas / Je suis comme ça”), siguió los acordes de la canción (“Et c’est tant pis / Je vis sans vis-à-vis / Comme ci comme ça”). Las pocas monedas de su bolsillo parecieron no importar, no había problemas, no había dudas, no había cuentas por pagar (“Sans interdit / On ne m’empêchera pas / De suivre mon chemin / Et de croire en mes mains”); se sintió libre caminando por las calles rumbo a su casa, las lágrimas se habían ido, la angustia se perdió; se miró en el reflejo de una ventanilla de un automóvil estacionado, y miró, se sonrió, se acomodó el pelo y siguió su andar (“Si c’est ça, c’est assez, c’est ainsi / C’est comme ci comme ça / Ca se sait, ça c’est sûr, on sait ça / C’est comme ça comme ci”).
Los perros del vecino ladraron, no los escuchó, los observó cantar junto a ella al compás de la melodía (“Je suis comme ci / Et ça me va / Vous ne me changerez pas / Je suis comme ça / Et c’est ainsi /Je vis sans vis-à-vis /Comme ci comme ça”). Buscó las llaves para entrar a su casa, tardó en encontrarlas, no le importó, siguió danzando, sintió que era parte de este vídeo musical que se había imaginado (“Sans peur de vos lois / On ne m’empêchera pas / De suivre mon chemin / Créer ce qui me fait du bien”). Cerró la puerta, dio un giro, uno más y colocó las llaves donde siempre (“Si c’est ça, c’est assez, c’est ainsi / C’est comme ci comme ça”), y la canción terminó…

Se retiró los audífonos, silencio, sólo silencio dentro de su hogar; encendió el ventilador, el vecino comenzó a hacer reparaciones caseras, moviendo metales, ruido de escobas y gritos entre su esposa llegaron a oídos de Cirse; los perros de afuera ladraron a otra persona, la bocina del repartidor de tortillas, un camión ruidoso… suspiró. Se dirigió a su refrigerador, hay cuentas por pagar, correspondencia que debe contestar, su teléfono celular reclamó atención, el lavabo tenía una nueva gotera y la cortina de la ventana de su habitación tenía otra rasgadura por la protección metálica de la misma…
Cirse sabía que no le podía dar la vuelta a nada, que no podía desaparecer y ser viento; sujetó con su mano los audífonos, se los colocó y reprodujo con mayor volumen la canción. Volvió a sentir la música, chasqueó los dedos y bailó, nadie la veía, es ella, sólo danzó y estaba feliz.

Reparó el lavabo con lo que tenía a la mano, dejó de gotear; sonrió, fue por las cortinas y con algo de hilo reparó la rasgadura, lo necesario, lo suficiente para que se viera una cortina decente; observó su teléfono y era su mamá, lo más seguro (se dijo a sí misma) preguntando por el amor; sonrió, no pensó contestar. Las cuentas por pagar, pues, sabía que no lo haría ese día pero no las dejaría amontonarse en su mente; ya saldrán… se dijo entre sonrisas. Sabía que todo se resuelve, que todo lo puede si es que pone sus manos en marcha, si tiene el corazón con el ritmo preciso para empujarse y jalarse a culminar sus pendientes.
No había ruido, no le permitió a su mente jugar con ella y agobiarla, sólo hay música que la hacía bailar y le ayudó, le estimuló a seguir, a no dejar nada en el baúl de “lo que quiero dejar en el olvido” porque nunca se va.
Tomó tu teléfono… —Mamá, hola… ¿cómo estás? Oye, vi tu mensaje. ¿Quieres saber? Sí, ajá, está bien. Pues mira, estoy tan ocupada trabajando y haciendo mis cosas que no me da tiempo para el amor, si quieres, ayúdame, préstame un poco de dinero para pagar mis luz y mi agua y veremos. Quién sabe, tal vez así tenga algo que contarte… ¿Cómo ves? Sí, sí, está bien. Está bien… ok, adiós, mamá. ¡Te quiero!

Colgó el teléfono, sonrió, volvió la música… calentó agua, preparó un café; el tiempo había avanzado, se sintió satisfecha, sabía que ese día no le dio la espalda a nada. Se relajó en el sofá, café en las manos, lo disfrutó; la canción la detuvo hace rato pero la melodía se quedó con ella.

Su teléfono le notificó dos mensajes, el primero que leyó era de su mamá:

 “Hija… te deposité un poco de dinero. Cuando puedas platicamos. ¡Te quiero!”

El segundo mensaje era el de él…

 “Hola, ¿cómo estás? ¿Qué haces?”

Ella sonrió… suspiró diciendo para ella misma: comme ci comme ça.



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ELLAS (fragmento)
Luis Antonio González Silva
#CazandoMusas















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sábado, 28 de abril de 2018

UNA MAÑANA (Versos furtivos, besos derramados) #CazandoMusas

El sol entra furtivamente por la ventana de mi habitación, extendiendo sus brazos largos de luz para tocar todo, yendo por mis cosas sobre el mueble, tocando la puerta, el piso; el sol me hace despertar entre el cantar de aves que salieron un momento de la selva para irse al jardín y arrebatarle yerba, palitos; irse, regresar en un trinar majestuoso recordándome que estás ahí, a mi lado. Mi gato maúlla al escucharme despierto, pidiendo comer, clamando en cada maullido un “Hey, ya estás despierto, ven, dame de comer”. Lo escucho hacer guarda en la puerta de mi habitación, suspiro, giro mi cabeza a la izquierda y logro observarte dormir plácidamente, llenando tu pecho de aire, dejándolo libre, un ciclo hermoso de ti que me tiene cautivado. Observé el plafón plagado por los brazos del sol, regresar a ti, contemplarte, acariciar tu larga cabellera y pienso en los poemas que no se han escrito y que se guardan ahí, en el perfume de tu cabello. Algún día saldrán de mi mano, volarán… me digo en silencio. Respiro hondamente, siento la vida fluir en mí; te observo en la mañana, sin maquillaje, dormida, vuelvo a suspirar y poso mis ojos sobre toda tu figura que yace a un lado mío, momento de total calma que juro a los cielos puedo escuchar la leve caricia de mis rosas blancas abrir ante la humedad del ambiente de esta mañana. Pienso en el adiós, pienso en lo que no se dirá, en aquello que se guarda en un silencio, pienso en decirte hola, en tomar mi mano con tu mano, escuchar como dices mi nombre cuando no estoy ahí; suspiro, hondamente suspiro, y vienen a mí canciones que nunca había entendido, sintiendo el rasgar de esos acordes lacerando cálidamente mi piel, tatuándome lo que esas melodías han querido explicar, mensajes ocultos descifrados ahora que te observo dormir. Te mueves, ya el sol comienza a jugar con tus cabellos; mis ojos se dirigen hacia el frasco de cristal que tengo abierto en la ventana, voy por él, lo cierro y me siento a tu lado para estar presente en tu despertar; te mueves levemente, me acerco a tu mejilla, besarla. Buenos días… te dijo en un leve suspiro. Abres un poco los ojos para volverlos a cerrar, sonreír. Cuidé de tus sueños —digo—… ya están en el frasco, espanté una pesadilla que quería ser soñada, no lo permití. Sonríes, vuelvo a besar tu mejilla. ¿Quieres desayunar? A lo cual me respondes que lo que yo desee está bien; te sonrío; tomo tu mano para besarla, mirarte fijamente, me miras pero ocultas tu mirada sonrojada. ¿Qué? Preguntas; suspiro, y sin quitarte la mirada recito suavemente: Ahora sé cómo es tu humor al despertar, /ahora sé que se siente respirar la vida, /ahora sé cómo suena la belleza, /ahora comprendo canciones que no entendía, /ahora sé que respiro suspirando, /ahora puedo sentir mis manos como volando, /ahora sé cómo sueñas, /ahora sé qué soy escudo, /ahora sé que puedo protegerte, incluso de mí… /ahora lo sé. Ocultas tu rostro, me vuelves a mirar para decirme: ¿Ves? Cómo puedo decir algo si dices las palabras correctas porque las tienes todas; no es justo, ¿sabes?, eres poeta. Me acercó a tu espalda, la beso, y sumergido en tu piel: Vengo a ti para encenderte una sonrisa en el rostro, me alimento de tu sonrisa. Vuelvo a besar tu espalda. A veces —me dices— quisiera decirte estas cosas como me las dices. Suspiras; se permite un silencio que nos envuelve, llamando a una ráfaga de viento nuevo a entrar por la ventana, y entre el mover de las sábanas, te digo: Hay cosas que me dices y me desarman, es como si entregara todo mi armamento sin firmar un tratado de no agresión, hasta te indico mis puntos débiles, y me siento bien, maravilloso, mejor dicho; porque estoy compartiendo fragmentos de mí, piezas que no he querido compartir con nadie, así como tú lo has hecho conmigo, y créeme, guardo todo en mi pecho —señalando mi corazón con un dedo—, además, tienes acciones para conmigo que me invitan  a seguir conociéndote, muy a pesar de todo lo que… Me interrumpes con una frase contundente: No sabes mucho de mí. A lo cual dije: Sé lo suficiente (tal vez poco) para decidir que quiero seguir conociéndote, sea lo que sea que vaya a descubrir de ti; lo sabré cuando haya llegado ese momento. Dudabas, y levemente sumerges tu rostro en la almohada. ¿Qué pasa? Te pregunto. Nada —respondes— sólo que, que… esto es bárbaro. Una sonrisa tuya como puntos suspensivos de mi discurso, vuelvo a besar tu mejilla, quitar un poco de tu cabello para llegar a tu cuello y buscar tus labios para un tierno beso. ¿Por qué? Dices. Porque —respondí— preguntas si he comido, por si he cenado, por mi salud, porque recuerdas lo que he conversado contigo. Un silencio más, pero esta vez se notaba suave y dulce el ambiente. ¿Sabes qué me gustó que hicieras? —Decías—. Que me preguntaras “¿Cómo has estado?”, no cualquiera lo hace. El sol ya tenía inundada mi habitación, después varias palabras en el momento, convenciéndonos de que el mañana es ahora, de algunas risas, algunas bromas con una ronda de preguntas y respuestas que fueron abrazando el instante con unas horas sueltas de preocupaciones, de angustias, de pasado, sentimientos guardados en un cajón debajo de la cama.
Nos vestimos, preparé desayuno: Omelette con jamón de pavo bañado con una salsa de tomate y orégano, un poco de jugo de naranja y para mí un café. Ella no toma café, me lo dijo y lo recuerdo. Nos subimos al automóvil, abriéndole la puerta y tomando su mano; me pidió llevarla a su casa para bañarse y por ropa limpia. Le pregunté cuando estaba secando su larga cabellera si quería la llevara al trabajo, pensó un poco mi oferta, y aceptó. Salimos, ella comenzó a elegir una canción del reproductor después de jugar con las estaciones de radio. En cada semáforo en rojo le observaba para que luego me reclamara que porque la observo tanto, a lo cual respondí: Porque te ves hermosa de tu mirada…
—Te pasas… —dijo, sonrió.
Llegando, detuve el automóvil, y un momento incomodo se hacía presente estando ahí los dos, sentados, con el cinturón de seguridad puesto, con Just like honey de música de fondo… Su mirada enmarcó la pregunta que me entregó: ¿y ahora cómo nos despedimos?
—Qué te parece si nos despedimos con un “Quíhubole, mano, nos vemos” y luego nos damos la mano.
Ella sonrío…
La primera vez que fui por ella al trabajo, tuvimos un momento así de extraño, porque no sabíamos mucho del otro, y no se sabía lo suficiente para abrazarnos con un beso, o un fuerte apretón de manos, o un beso en la mejilla; y fue ella quien dijo: “Quíhubole, mano…”, lo cual provoco una enorme sonrisa en mí, y eso aligeró todo, desde ese momento todo se aligero ni siquiera Parménides lo hubiera contemplado en el trayecto a dejar la pesadez.
—¡Quíhubole, pues! —Dijo, sonrío; y abrió la puerta.
Se detuvo un instante, pensó algo, algo fugaz, y regreso a mirarme; me hizo una seña con el dedo para que me acercara. Extrañado, acerqué mi rostro para escuchar un secreto, pero ella tomó mi mejilla con su mano y me besó los labios.
Estaba sonrojado, como adolescente, sonreí. —¿Te veo para comer? —Dije.
—Sí…  
—Vendré por ti. Avísame, estaré atento en el teléfono.
Me guiño el ojo, y cerró la puerta del automóvil.
Eché andar, en todo el trayecto a mi destino comencé a mastica la idea de un poema, como si algo estuviera dando vueltas y vueltas en mi cabeza, era ella, su mirada, girando en mis pensamientos que se tornaban cada vez más en materia, como si comenzaran a tomar substancia propia y logré observar sus manos… me estacioné de inmediato, tomé papel y lápiz de la parte de atrás,  comencé a escribir:


Estoy aquí,
 no soltaré tu mano
 porque tu mano
 viene con mi mano
 aunque no estés aquí,
yo te protegeré,
 estoy aquí para cuidarte,
 cuidar tus sueños,
 cuidar tus pasos,
 cuidarte de mí
porque también me cuidas,
 estoy aquí
 para no soltar tu mano
 porque tu mano
 es vida, es puerta, es la llave...
Estoy aquí,
 observándote,
 capturándote en cada imagen
 que mis ojos tienen de ti,
 resguardándola
 con cada parte que voy conociéndote.
Estoy aquí,
 aquí para ti
 para no soltar tu mano,
  para estar ahí, siempre,
  aunque no me veas
  mi mano siempre está ahí.



Suspiré, y tomé el teléfono para hablar con mi editor.
Hey, —le dije— ¿qué crees? Tengo la idea para un nuevo libro. ¿De qué trata? Llegando te cuento. Sólo te puedo adelantar que se llamará AMOROSOS AMANTES…



RELATO: Una mañana
AUTOR: Luis Antonio González Silva
LIBRO: Versos furtivos, besos derramados
 #CazandoMusas 
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